NO RECUERDO NADA
- 5 may 2019
- 2 Min. de lectura

Ilustrado por Daniela Puerto.
Juan Felipe Quintero fue ganador del tercer lugar en la categoría B del Gimnasio la Colina. Al respecto, el veredicto del jurado dice: "En el tercer lugar reflexionamos sobre el dolor que implica vivir una vida bajo el agobio de lo que podría interpretarse como la depresión o cualquier trastorno que nos lleve a sentir un desapego por la vida. Exaltamos la construcción de un universo triste que intenta sustentarse en el arte, pero que no lo consigue y fracasa en su intento, dando así un lugar a aquellos que son derrotados por la vida. Con u lenguaje elaborado y valiéndose de referencias a la literatura y la música, otorgamos el tercer lugar a No recuerdo nada de Juan Felipe Quintero.
23 años gastados. He intentado acabarlo todo múltiples veces, sin embargo, nunca he tenido éxito, ya sea porque el destino me deparaba una vida de casado y una hija, o porque simplemente alguna fuerza superior me tenía apartada una vida miserable llena de medicación, de antidepresivos, de ansiolíticos. La primera posibilidad se había ido a la basura cuando mi propia hija me había dicho que me odiaba, y cuando mi esposa había decidido marcharse. Y lo sé, es triste, pero aún así dije, ¿por qué no?, si todavía me quedaban mis tres colegas, Peter, Bernard y Stephen. Juntos formábamos un grupo que popularmente nombraron “Ian y los placeres desconocidos”. Hacíamos arte, hacíamos poesía, pero aún así, no me sentía lleno, no me sentía completo. Intenté la cocaína por un tiempo, y funcionó, pero los declives no eran como yo pensaba. También intenté coleccionar elepés, leer a Kafka, la heroína, y otras adicciones tan raras como peligrosas, pero aún así al final nada funcionó, nada llenaba mi vacío.
En cinco días estaré viajando a los Estados Unidos, recuerdo haber firmado varios papeles, el objetivo era presentar ante un gran público en San Francisco nuestra última obra de arte, que consistía en varios cuadros y alguna otra estupidez de arte moderno que los chicos habían hecho. Total, yo podría ser el miembro más reconocido de esta agrupación, pero no me sentía inspirado. Era un gran reto para ellos presentarlo ante un público exigente, pero el reto para mí era todo lo que era lo externo al evento en sí: El avión, el frío, la medicación, y ah, claro, controlar mi epilepsia cuando esté arriba del escenario. No sé si iré. Estoy sentado en el viejo sofá que nos regalaron a Marie y a mí cuando nos casamos. Recuerdo toda la miseria por la que he pasado mientras veo la soga que colgué en el tendero de la cocina y me pregunto, ¿Por qué no? Han pasado 35 minutos desde que puse The Dark Side of The Moon en el viejo tornamesa de mi mamá, suena Any Colour, cambia a Brain Damage, y como de costumbre, me bebo una jarra entera de café, lleva dos días enfriándose. Pasan 7 minutos, “I’ll see you on the dark side of the moon”, y pienso ¿por qué no?, así que camino hacia la soga, me paro sobre la silla, la pateo y me alivio.






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